Fuga de cerebros: Científicos abandonan Estados Unidos

Alberto Noriega     28 marzo 2025     5 min.
Fuga de cerebros: Científicos abandonan Estados Unidos

El 75% de los científicos en EE. UU. evalúan dejar el país por recortes de Trump. Europa y Canadá lideran la captación de talento.

Una nueva encuesta revela que tres de cada cuatro científicos en Estados Unidos están considerando emigrar. Los recortes en investigación y las políticas restrictivas de la administración Trump han generado un clima de incertidumbre y descontento entre la comunidad académica. Países como Francia, Canadá y los Países Bajos están tomando la delantera para atraer a este talento con iniciativas millonarias. Estados Unidos, hasta ahora líder global en ciencia, enfrenta su mayor fuga de cerebros en décadas.

La ciencia estadounidense se tambalea

Una encuesta de Nature a más de 1.600 científicos reveló que el 75,3% considera abandonar EE. UU. debido a un entorno hostil hacia la investigación. La tendencia es aún más grave entre los jóvenes: el 80% de los posgraduados y el 75% de los doctorandos están activamente buscando oportunidades fuera del país. Las razones son claras: reducción de fondos, inestabilidad en las universidades, y políticas migratorias restrictivas impulsadas por la actual administración.

Muchos citan un temor creciente al autoritarismo, así como el retroceso de la ciencia como bien público. Europa y Canadá lideran las preferencias de destino, no solo por sus condiciones académicas estables, sino también por el respaldo gubernamental a la investigación. La percepción entre los encuestados es que EE. UU. ya no ofrece garantías mínimas para el desarrollo de una carrera científica sostenible.

Recortes que rompen estructuras

Desde 2024, las universidades más prestigiosas del país han sufrido drásticos recortes presupuestarios impulsados por decisiones federales. La Universidad SUNY perdió $79 millones en subvenciones; Columbia vio desaparecer más de 400 fondos del NIH; y Johns Hopkins sufrió la cancelación de más de $800 millones en financiamiento de USAID.

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La reacción en cadena ha sido devastadora: UMass Chan canceló ofertas a estudiantes de doctorado, Stanford congeló contrataciones y Baylor redujo sus planes de expansión. Además, se impuso un nuevo tope del 15% en los costos indirectos de subvenciones del NIH, lo que restringe aún más la capacidad operativa de los laboratorios. Todo esto en un contexto donde los salarios se estancan y los puestos de investigación se evaporan.

La Universidad Johns Hopkins despidió a 2.200 empleados, una cifra sin precedentes. La investigación sobre Alzheimer, cáncer, enfermedades infecciosas y neurociencia ha quedado paralizada, dejando a cientos de proyectos sin futuro inmediato. Este desmantelamiento no solo afecta a los investigadores, sino a miles de pacientes que dependen de estos avances para sus tratamientos.

Europa y Canadá reclutan agresivamente

La fuga potencial de cerebros no ha pasado desapercibida en el exterior. Francia ha lanzado “Lugar Seguro para la Ciencia”, un programa que destinará hasta 15 millones de euros para acoger a investigadores estadounidenses. Canadá, por su parte, ya ha captado a dos académicos prominentes para integrarlos en sus universidades de Toronto y Montreal. Países Bajos, Alemania y Suecia también están movilizando fondos especiales para atraer talento.

En paralelo, la Universidad de Pekín ha contactado directamente a científicos de Columbia, y la Universidad de Barcelona ha reportado un aumento en las solicitudes procedentes de EE. UU. También en Australia, expertos están impulsando visas rápidas para captar investigadores de alto nivel.

Estas acciones no solo demuestran una competencia geopolítica por el conocimiento, sino también una lectura lúcida del momento: donde Estados Unidos cierra las puertas, el resto del mundo las abre. La colaboración internacional, la estabilidad institucional y los fondos estatales bien gestionados están redefiniendo el eje de la ciencia global.

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Resistencias y esfuerzos para frenar la huida

Frente a esta crisis, algunas instituciones estadounidenses están intentando retener talento con medidas de emergencia. Entre ellas se incluyen programas de financiación puente para cubrir períodos sin subvenciones, mejoras en los salarios y beneficios, e incluso alianzas con empresas tecnológicas y farmacéuticas para asegurar ingresos alternativos.

Universidades como MIT, Berkeley y Chicago han empezado a diseñar programas de mentoría específicos para jóvenes investigadores, buscando frenar la desmotivación y el exilio académico. Sin embargo, estas respuestas locales no parecen suficientes frente a la magnitud del deterioro estructural.

La Asociación Estadounidense para el Avance de la Ciencia ha pedido públicamente un plan nacional para proteger la investigación, advirtiendo que la desinversión actual podría crear una “generación perdida de científicos”. La paradoja es alarmante: un país con los mayores recursos tecnológicos del planeta, saboteando su propia maquinaria de innovación.

Ciencia sin frontera, liderazgo sin garantía

El declive de la ciencia estadounidense no ocurre en un vacío. A medida que la ciencia se globaliza, el talento también migra a donde puede florecer. Lo que hasta hace poco era una ventaja estructural —infraestructura, fondos, visas— se ha convertido en un terreno incierto, fragmentado por la política interna.

Esta transformación podría marcar el inicio de una nueva distribución del poder científico global. Mientras EE. UU. se repliega en restricciones, otros países emergen como refugios de conocimiento. La ciencia, por su propia naturaleza colaborativa e internacional, no tolera muros. Y si los hay, simplemente los rodea.

Lo que está en juego no es solo la retención de talentos individuales, sino el relato histórico de quién liderará el futuro de la inteligencia artificial, la biotecnología, la medicina de precisión o la exploración espacial. Y, por primera vez en mucho tiempo, Estados Unidos no tiene la respuesta garantizada.

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